Les glaneurs et la glaneuse (Àgnes Varda, 2000)

Landscape in the Mist (Theo Angelopoulos, 1988)

Keeping Things Whole / Las cosas enteras (Mark Strand)

In a field
I am the absence
of field.
This is
always the case.
Wherever I am
I am what is missing.

When I walk
I part the air
and always
the air moves in
to fill the spaces
where my body’s been.

We all have reasons
for moving.
I move
to keep things whole.

(tradução de Octavio Paz)

En un campo
soy la ausencia
de campo.
Siempre sucede así.
Dondequiera que esté
soy aquello que falta.

Si camino
parto del aire
mas siempre vuelve el aire
a llenar los espacios
donde mi cuerpo estuvo.

Todos tenemos razones
para movernos: yo me muevo
por mantener
enteras a las cosas.

(de Reasons for Moving, 1968)

Retrato de ausentes (Jaime Siles)

Hiroshi Sugimoto, Union City 1993 (from Movie Theater series)

A Gaetano Chiappini

Cómo eran, Dios mío, las sesiones de cine
improvisadas dentro de las casas
con películas «del Gordo y del Flaco»,
de «Jaimito» y de aquel pobre idiota
llamado «Tomasín».
Padres, tíos y abuelos rememoraban
ideales momentos de infancia o juventud,
mientras un aire turbio, de triste blanco y negro,
llenaba el espacio, no menos triste acaso,
de aquella habitación.
A las seis o las siete
los domingos de las tardes de invierno
el cine era un minúsculo zoo
donde un tiempo irreal superaba el histórico
con las nostalgias, en los mayores irredentas,
de un pasado más puro, más pleno o más feliz.
Yo no tenía los suficientes años aún para saberlo,
pero ya entonces me aburrían
aquellas carcajadas proferidas
por el insulso pretil de tantas bocas
que, con restos aún
de la merienda entre los dientes,
intentaban combatir a cualquier precio
la miseria de la mentira, el silencio y la desolación.
Ahora que aquellas viejas máquinas de cine
han desaparecido de las casas,
como casi todos mis mayores
que hacían posible aquella proyección,
me ha venido a la mente su memoria
al ver una de ellas en una de esas salas de subastas
que renuevan el tiempo
y, con él, la simultaneidad de ejes del dolor.
Vuelvo a ver las películas
y, más que a ellas, veo la oscuridad
de cuanto funda todo tiempo presente
mientras la nada de las cosas teje
una no menos falsa claridad:
ésta con la que miro
aquel tiempo pasado hecho presente ahora
por una concreta coincidencia
basada en una fugaz asociación.
Tal vez lo que ahora pienso
de aquellas tristes tardes de domingo de invierno
no era del todo así, y soy víctima
de otra más de las trampas del tiempo
que añade a lo ya sido
el óxido también de lo que no pasó.
Tal vez sólo por eso recuerdo hoy
las tristes tardes de domingo de invierno
que duraban acaso demasiado
o, al menos, tanto como todavía las recuerdo
en el espacio mudo e irreal del péndulo
en el que la memoria las proyecta
sobre el débil lienzo de la imaginación.
Lo que hay en la memoria es la nada del mundo.
Lo que somos no conoce otra voz.
Su música nos llama, pero no nos responde:
cuando llega a nosotros aquel no es nuestro yo.
Ya no nos pertenecen
aquellas tristes tardes de domingo de invierno
en las que el cine improvisado dentro de las casas
era un subterfugio
para huir del monótono ritmo de los días
y conjurar otra realidad,
que no era exactamente la del cine
sino la que imaginábamos nosotros
bajo el torpe correr del celuloide
a la luz de unas lámparas de cristal color plata
que encendían dentro de nosotros
una multiforme y difusa ilusión
de que algo nuevo y distinto
iba allí de pronto a suceder.
Pero nunca pasaba nada,
nunca pasa nada
salvo las ilusiones que ponemos
en eso que se supone va a pasar.
Por razones que ignoro y no vienen al caso
aquellas viejas máquinas de cine
fueron siendo sustituidas poco a poco
por la televisión
y se inició así la decadencia
de aquella infancia mía
antes de convertirse en juventud.
No sé por qué recuerdo esto
esta mañana, cerca de Florencia,
donde todo es de oro
y millones de ángeles
alancean el aire
con un sinfín de alas
que hieren la visión.
Ignoro qué registro tenemos de las cosas,
pero algunas perduran en nosotros
como, en el verano,
los fáciles compases de una trivial canción.
Las conservamos
y en un momento dado afloran de su pecio
desde el olvido en el que permanecen
como tantos objetos de la vida
y como las vivencias que les dieron
su antiguo resplandor.
Todo está vivo y muerto al mismo tiempo.
Todo fluye por un río sin fin.
Nada comienza:
lo que digo y yo ya estamos muertos
como lo están estas tardes de cine
que, a la luz de aquellas viejas máquinas
que nos lo proyectaban,
esta mañana, cerca de Florencia,
he vuelto no sé por qué a recordar.
Será que la memoria tiene su vida propia
y que la nuestra se pliega a sus caprichos
que, a su imagen, componen nuestra realidad.
Nos pueblan los fantasmas
como sombras de un cuadro imaginario
en el que se refleja
lo único real que nos pasó.
Aquellas largas tardes de domingo de invierno
en las que vimos proyectadas
en las cómicas figuras de otro tiempo
la pantalla perdida para siempre
de la única vida que merece vivirse:
la de los dulces días de la imaginación.
El resto es calderilla y en muy poco consiste,
pero esa otra vida, de la que ahora hablamos,
¿dónde transcurre, dónde
si no es en el yo,
ese lugar vacío donde no vive nadie,
nunca ha vivido nadie
sino sólo el dolor?
¿A qué lugares muertos
su olor nos aproxima?
¿Qué perfume de tiempo
hay dentro de su olor?
Como una tumba etrusca transcurre la existencia,
aunque su desarrollo es más bien al revés.
Las figuras sedentes que nos miran, no hablan:
comen el oro de los días
y se beben de un trago su difícil color.
Nada los turba sino un sol de bronce
que divide las horas
según su inútil resplandor.
Lo que queda de ellas lo baten
los muertos en la fragua
y cocinan con ello un líquido fulgor
donde las piedras sin idioma hablan.
Nosotros asistimos a su conversación:
los oímos hablar en la distancia
y creemos que somos nosotros,
pero son ellos quienes hablan y hablan sin parar.
Los escuchamos como en el cine mudo
se escuchaba la inexistencia misma de las voces
que estaban, como éstas, sonando sin cesar,
que seguían sonando,
que siguen todavía sonando
como éstas.
Por eso las oímos
las tardes de domingo de invierno
como un coro de ánimas
que sonara y sonara sin cesar.
¿Y qué es el yo sino un coro de ánimas?
¿Qué es el yo sino las voces de un vacío lugar
en el que nunca ha sucedido nada?
Yo he estado en él
algunas tardes de invierno en los domingos
en las que el cine de otro tiempo añadía
a la lenta miseria de las cosas
un raro y tibio resplandor: una
inespecífica nostalgia
que es tal vez la que siento
mientras escribo este extraño poema
en el que vuelvo a estar,
acaso para siempre,
dentro y fuera de mí
como en las tardes de cine
los domingos de invierno
cuando aún ignoraba
la existencia del tiempo
y no tenía idea de que existiera el yo.
Exactamente igual que hoy
que he vuelto a estar fuera del yo
porque he vuelto a estar también fuera del tiempo.

(De Actos de habla, 2009. Mais em 11 poemas de Jaime Siles)

Sueños y polvo

Todo cuanto se escribe se convierte en polvo el momento mismo en que se ha escrito, y es natural que termine por perderse con todo el polvo y la ceniza del mundo. Escribir es una manera de consumir el tiempo, rindiéndole el homenaje que le es debido. El tiempo da y quita, y lo que da es sólo aquello que quita, de modo que su suma es siempre cero, lo insustancial. Lo que pedimos es poder celebrar esta falta de sustancia, y el vacío, la sombra, la hierba seca, las piedras de los muros que se derrumban y el polvo que respiramos.

(Gianni Celati, citado em Sueños y polvo: cuentos de tiempo sobre arte y arquitectura, Ángel Martínez García-Posada, Lampreave, Madrid, 2009)

A word is dead
When it is said,
Some say.

I say
It just
Begins to live
That day.

(Emily Dickinson)

Andarilho (Cao Guimarães, 2006)

E mais no http://www.caoguimaraes.com/

All That (David Foster Wallace)

The “magic” was that, unbeknown to me, as I happily pulled the cement mixer behind me, the mixer’s main cylinder or drum—the thing that, in a real cement mixer, mixes the cement; I do not know the actual word for it—rotated, went around and around on its horizontal axis, just as the drum on a real cement mixer does. It did this, my mother said, only when the mixer was being pulled by me and only, she stressed, when I wasn’t looking. She insisted on this part, and my father later backed her up: the magic was not just that the drum of a solid wood object without batteries rotated but that it did so only when unobserved, stopping whenever observed. If, while pulling, I turned to look, my parents sombrely maintained, the drum magically ceased its rotation. How was this? I never, even for a moment, doubted what they’d told me. This is why it is that adults and even parents can, unwittingly, be cruel: they cannot imagine doubt’s complete absence.
They have forgotten.


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